Por ti he vuelto a la niñez, cuando no sabía lo que era y por lo tanto no me afectaba que pasase.
Era lento. Lo disfrutaba. Lo saboreaba. Lo aprovechaba. No me importaba que fuese así, no me aburría nunca. Y si lo hacía, entonces era rápido.
Luego todo cambió. Cosas del desavío. Lo que le pasa a todo el mundo. Lo que pasa cuando pasa.
Y fue rápido. Me devoraba y no era ni consciente. Uno tras otro fueron pasando días, meses y años.
Hasta que llegaste tú.
Ahí volvió el tiempo lento.
Entre encuentro y encuentro.
Entre beso y beso.
Entre mensaje y mensaje.
El tiempo volvió a ser lento.
Igual que las tardes jugando solo a los Playmobil. Igual que los ratos en la plaza esperando a que llegasen el resto de niños para jugar.
El tiempo volvió a ser lento.
Y lo volví a disfrutar tanto como lo sufría. Porque ahora quería que no se demorara el siguiente beso, ni el siguiente encuentro, ni el siguiente mensaje.
Y ojalá llegue rápido el siguiente encuentro, el siguiente beso, el siguiente mensaje.
También el siguiente viaje. El siguiente éxito. El siguiente paso.
Aunque sea lento. Como el tiempo que me gusta si a pesar de su dilatación al final llegas tú.
He vuelto a mi niñez por ti, gracias a ti, y aquí me quiero quedar.
Volviendo a disfrutar del tiempo.
Del tiempo lento.