Estaba sentado en el sofá de mi salón leyendo una carta dedespedida que le han escrito a Los Chikos del Maíz, cuando de repente ha venido
mi perro, Chico, y ha puesto sus dos patas delanteras en mi regazo para llamar
mi atención. Tras una breve carantoña, manteniendo su posición, ha girado la
cabeza y has visto un dinero que había sobre la mesa, se ha acercado a él y lo
ha olisqueado; quizá ha olido el sudor de las manos que han trabajado duramente
para conseguirlo, quizá haya olido restos de alguna sustancia de esas que
consumen las altas, y no tan altas, esferas de la sociedad. Quién sabe. Lo más
curioso ha sido cuando tras un pequeño lapso de tiempo en el que su nariz ha
dejado de contraerse para seguir oliendo, se ha quedado mirándolo, como
pensando qué diantres era aquello que hace un rato yo estaba contando, y a
continuación se ha vuelto a girar hacia mí, pasando completamente de “e$o” que
para él es completamente ajeno y ha subido aún más sus dos patas, dando un
brinco, hasta mis hombros, dándome un abrazo y lametones por toda la cara. Al
principio he pensado en apartarlo por miedo a que me tirase el móvil, pero tras
ser consciente de la situación, no me ha quedado otra que darle el abrazo más
fuerte que he podido y todas las caricias que han hecho falta.
Todo ha sido muy rápido, y aún así he aprendido, o
reaprendido – porque estas cosas todos parecemos saberlas pero las olvidamos
fácilmente –, qué es lo verdaderamente importante en esta vida puta. Esta tarde
se han cambiado los papeles, hoy Chico ha sido el Humano, y yo, tristemente, el
perro. Y eso que él no es consciente de cómo funciona el mundo… Mejor.