Vivo en una isla al sudoeste de lo normal, a mi playa llegan arrastras por la contracorriente ideas y rarezas que no llegan a otros lugares. Sólo yo se interpretarlas, sólo yo se entenderlas.
En mi isla solo estoy yo, pues todo aquel que desembarca e intenta quedarse, en lo único que se queda es en el intento, sin intentar entender que esta soledad solicitada sin palabras se expresa.
Cuando algún intruso intenta colonizar mi isla, algunos vienen en nombre de la amistad a dar la cara por mí, no entienden que dejarme en paz y estar a lo mío es lo que en mi isla se considera amistad. Al fin y al cabo estos colonizadores se acabaran rindiendo, y es que las ideas, aunque no lo parezca están tan firmemente arraigadas que son difíciles de combatir, y más aún si estas usan munición pesada en forma de palabras en cada batalla.
Algunos sitios de interés en mi isla son el gimnasio, dónde se ejercita corazón, cerebro y bíceps. Por supuesto, no podía faltar, hay columpios y bancos en un parque solitario. Y como no, en el centro hay una cama, se pueden hacer tantas cosas en ella... En otra parte hay una escuela de mediocridad abandonada. También quedan las ruinas de una iglesia quemada por falta de fe, pero estas son de hace más tiempo.
Entre los escombros queda algo parecido a un álbum de fotos, un cuadro sin dedicatoria y una pulsera deshilachada. Aunque de esto ya me cuesta más acordarme.
A veces el aire trae ecos que dicen que soy un lobo estepario, pero si hay que hablar de animales, soy el pez gordo dentro de este acuario.
Alvaricoque.