lunes, 28 de noviembre de 2011

El banco.

Me dí cuenta que me asustaba la velocidad, quizás demasiado tarde, quizás demasiado rápido. Recuerdo echar de mas, siento echar de menos. Reconozco que he pensado en irme lejos, muy lejos, pero al final por unas cosas o por otras siempre decido quedarme. Daré un largo paseo y prestare atención a todo lo que me rodea. Veré a los trabajadores con la mirada perdida, veré a ancianos con actitud jovial, veré a parejas escondiendo sus besos, y luego me sentare a pensar en un banco cualquiera de cualquiera parque que encuentre. 


A veces intento imaginar todas las historias que podrían contarnos los bancos. Quizás la de aquel vagabundo que trasnocho sobre él con su cartón de vino, la de ese grupito que se sienta en el respaldo a comer pipas, la de la pareja que se creyeron que lo suyo no tenía fin tallando un corazón con sus nombres, o quizás la mía, la de esa persona que se paro a pensar en el banco, solo, y que pensó, rememoró, sintió nostalgia mientras acariciaba los restos de la obra de la pareja y por ultimo esbozo una sonrisa para decirse a si mismo que hay que seguir andando, y que cuando haga falta siempre quedará otro banco para sentarse, parar y pensar. 


Posiblemente la próxima vez vuelva a sentarme en compañía y pueda compartir historias, o algo más, o alomejor no, da igual. Pero hasta ese banco solo se llega de una forma, andando, porque si corres puede ser que te canses y no haya bancos cerca, y entonces amigo, estarás perdido. 


Álvaro Morgado Ortiz