lunes, 22 de octubre de 2012

El Virtuoso.

Leyendo en uno de esos días normales en los que espera a alguien, pero no a una cualquiera, para cenar, comprendió que su pasado era algo parecido a la transición democrática española, una cortina de humo. Fue ahí cuando cansado de tanta similitud entre cosas tan dispares decidió hacer algo distinto, no nuevo para él, pero distinto en relación al resto de insípidos seres: pensó. 

No le hizo falta estrujarse la materia gris demasiado, pronto descubrió como funcionaba el asunto, engañado y traicionado a los ojos del resto, en su interior sabía de su valía. Sólo debía encontrar su sitio, su X, su pieza del Tetris. Y aunque eso le llevara su tiempo no se preocupaba, esa noche no, pues tenía hambre y la cena estaba próxima. 

En ese momento no le importaba que hubieran optado por otro y que éste recibiera invitaciones a pasar momentos casi perfectos, casi, pues esa compañía no podían serlo. Y por mucha puesta de sol en playas que se terciase, el provolone de entrante y el plato de raviolis con salsa de tomate le parecían más importante que cualquier tontería en una red social que no fuera la auténtica entre ellas, la más amarga. La misma que a los que no saben hablar y a las que no saben escribir, siempre se les quedará grande.

El Virtuoso.